Acerca de mí

Conocí la fotografía del modo más sencillo y casual, pero me inicié en ella de la manera más rocambolesca que se pueda imaginar. Muchas veces me he dicho: "pero hombre, tú merecías haber sido un genio; al menos así podrías permitirte el lujo de contar tus peripecias de iniciación en este noble arte". Mira por donde, ahora se me presenta la ocasión de narrarlas y, la verdad, me siento un tanto confundido. Digamos que me gusta hablar poco de mí mismo ( al menos por escrito ). Prefiero que mis fotografías hablen por mí, o conmigo. Claro que, a ver como explico yo, gráficamente, mis primeros balbuceos fotográficos, en compañía del amigo que me contagió el "virus", ambos en la casi imposible oscuridad del despacho de mi ausente padre, iluminados tan sólo por una bombilla vestida de noche, o disfrazada, más bien, con unas bragas rojas de mi hermana pequeña: mucho dinero para dos chavales de doce y trece años, una bombilla roja de las de verdad. Las películas eran ortocromáticas; es decir, no sensibles al color rojo oscuro y era la única manera de revelar las películas, sin riesgo de velo.

¿Cómo haceros llegar ese inconfundible olor a chamuscado del tejido de una prenda, cuando ha sido castigado más tiempo del necesario, por el calor de una bombilla de 60W, y la alarma subsiguiente, al descubrir que la luz pura y dura, sin filtrar, se colaba, sin pudor, en la torpemente oscurecida habitación?. ¿Cómo expresar la increíble alegría de ver transformada una oscura tira de celuloide en algo vivo?. Creo que no queda más remedio que ir por partes, o corro el riesgo de haceros un lío y acabar yo formando parte de el.

Veamos. Lo primero era conseguir el equipo adecuado para revelar tus primeras fotografías, libro incluido (siento no recordar la editorial maravillosa que publicaba este tipo de libros: "Cómo hacer perfumes", "Cómo criar cabras", "Cómo hacer tartas"...parece surrealista, y posiblemente lo era, pero que gran servicio habrán prestado estos insólitos libros a gentes con ilusión y ganas de iniciarse en algo nuevo).

La verdad es que nos conformábamos con bien poca cosa; entre otras razones, porque los negativos de entonces eran lo suficientemente grandes como para permitirnos el lujo de hacer simples contactos, consiguiendo copias que permitían ver, sin excesivo esfuerzo, el resultado de nuestras torpes formas. Una ampliadora era un excéntrico engendro que, ni por asomo, hubiéramos soñado poseer. Es decir, que con un par de cristales, tres platos soperos, los químicos necesarios y muchísima ilusión, el sueño no estaba tan lejano como pudiera parecer. El problema era cómo hacernos con el dinero necesario para tan importante aventura.

La primera víctima, a la que, automáticamente, apodamos "el de las veinticinco pesetas", fue un vecino de mi amigo (el que me inició en tan mágico arte; mi amigo,no el vecino) al que éste pidió prestada esa cantidad e, inexplicablemente, se la prestó. Nunca he indagado, ni indagué, en los dramáticos argumentos que mi amigo debió esgrimir para conseguir tan espectacular resultado.

Las siguientes víctimas, aún a nuestro pesar, fueron algunos de nuestros amigos y colegas de la calle donde jugábamos, a los que hicimos fotos con una cámara de fuelle de mi madre (AGFA) y cobramos por adelantado. Pero, a pesar de todo, no conseguimos recaudar lo suficiente como para comprar los químicos y el papel que nos faltaban. De modo que improvisamos una sesión de marionetas en mi casa (nunca he entendido, ni conseguido recordar, donde estarían mis padres y los de los demás, ese día, teniendo en cuenta que soy hijo de familia numerosa y no es fácil hacerte con la casa para tí solo en esas circunstancias).

Pero la sesión de marionetas se celebró, previo pago por entrada, claro, y así logramos reunir la pasta que nos faltaba para asistir al milagro del nacimiento de una imagen.

Debo aclarar, llegados a estas alturas del imposible, pero real, relato, que si quieres arruinarte no tienes más que intentar poner un negocio conmigo: soy absolutamente negado. Realmente, mi amigo Jose Luis Montero (me honra transcribir su nombre), sí debía entender de estos menesteres. De ahí el éxito de la operación.

Lo demás vino solo. Revelamos nuestro primer negativo, nos abrazamos llorando de emoción, al ver la imagen invertida de la primera foto, sobre la tira de celuloide impregnada de hiposulfito ("fijador" y punto, para nosotros). Porque, eso si, procedimos con verdadero método, en esta nuestra primera experiencia de laboratorio. Vimos la tira y sus imágenes (una vez revelada), cortamos en la penumbra carmesí de las bragas de mi hermana el primer negativo, y procedimos a "fijarlo". Luego, ya "a salvo", encendimos la luz para observar mejor la maravilla de nuestra obra. Lo que ignorábamos es que debíamos haber "fijado" toda la tira del negativo, y no sólo el primero de ellos. Claro, el resto de la tira se veló, casi inmediatamente. Hoy me pregunto como se puede ser tan gilipollas. En realidad, debería felicitarme por haber sabido ser tan niño. Ninguna de las reflexiones que me planteo nos hubiera ayudado, en aquellos momentos, a devolver el importe de las fotos cobradas de antemano a nuestros confiados amigos. Para colmo, la primera y única foto (creo que era técnicamente impecable, puede que mitifique) tenían por modelo a un servidor. O sea...

El caso es que la fotografía me enganchó. Y... de qué manera. Porque luego vino lo de hacer un sándwich con el negativo y aquel papel Negtor, entre cristales más o menos limpios (y mira que los limpiábamos), exponerlos brevemente a la luz y revelar. Es decir, asistir al milagro más impactante al que puede asistir un chaval de doce años, cuando ve dibujarse, como por arte de magia, la imagen bajo la superficie del "mágico" revelador. Eso es algo que no se puede ni debe intentar explicar, hay que vivirlo.

El resto es pura anécdota. Y además, me aburre relatarlo. Simplemente, me "enganché". Ahora he renunciado a seguir moviéndome en la penumbra del laboratorio, a oler revelador permanentemente, a adivinar, a rezar (hasta la mejor foto con la exposición mejor calculada se te puede desgraciar por cierta motas de polvo), etc...

Me he pasado al campo digital y no me arrepiento por ello. Creo que es un modo más justo y equitativo de trabajar. Sin abusar de efectos, filtros, etc,... caería en la misma limitación, en idéntica e injusta trampa. Sólo quiero tener la posibilidad de mostrar lo que yo vi, en un momento dado, sin estar sujeto a las limitaciones de la temperatura de un revelador, de la inadecuada agitación de "baño", del polvo que se cuela por mucho que limpies portanegativos y objetivo, de un baño fijador agortado sin saberlo, etc...

De laboratorios ajenos, mejor no hablar.

Y por cierto, me voy. Me aburro y lo mismo os acabo aburriendo a vosotros. Nada más lejos de mi intención. Hoy he hablado más de la cuenta. Hace tiempo que aprendí a hablar, a expresarme, tan sólo con imágenes. Para eso, precisamente, está la fotografía.

Gracias Javi (mi hijo), por tu espléndido trabajo.